jueves, 15 de junio de 2017

Los relatos ganadores del Concurso literario:

2ª Categoría:

 Las aventuras del detective

Martín Sanz

Cuando terminé de leerla me asusté un poco, ese hombre sabía que ayer me llamó un hombre  y que quería sus ataúdes. En ese momento se me pasaron por la cabeza muchas preguntas, y si ese hombre me está espiando, y si es peligroso o es una trampa para querer matarme. Pero sabía que no tenía que pensar en eso. Me vestí y me puse a investigar la carta, era un papel fino, las esquinas estiradas, pero mirándolo mejor en el papel ponía unas siglas D.S., cogí mi ordenador  y me puse a buscar esas siglas, me salió una dirección, C.San Antonio Nº 10. Salí de casa lo más rápido  que pude a buscar esa calle. Pasada 1 hora conseguí llegar al sitio y vi un cartel que ponía Buenos días amigos me llamo Sam  Me dedico a investigar casos que los policías no pueden resolver. Os contare un poco sobre mí, cuando era niño mis padres me abandonaron en la calle, no tenía casa ni pude ir a la escuela. Por eso quise ser detective para poder ayudar a los demás. Bueno dejemos  de hablar de mí y os contare unas de mis  aventuras siendo detective. El 23 de agosto de 1999, esa noche me llamo al teléfono una persona extraña, tenía una voz grave, sonaba como un  hombre de ultratumba. Me dijo que quería saber  quien había robado sus ataúdes que guardaba en casa, le dije que me pondría con el caso cuanto antes, pero ahora me iba  echar un rato a dormir. A  la mañana siguiente me levanté de un salto de la cama por culpa de alguien que llamo a la puerta, salí de casa  y me encontré un sobre, entré en casa me preparé un vaso de leche y unas galletas,  me senté junto al ventilador. Abrí la carta y me dispuse a leerla.
Buenos días  detective.
Sé que ayer te llamó un hombre extraño, pidiéndote
que encontraras sus ataúdes robados.
Los tengo yo, si quieres tendrás que venir a buscarme.
 Anónimo.
en grande DULCES SUEÑOS, entre y nada más poner un píe en la entrada me echaron a la calle de una patada, conque me di cuenta que ese caso iba a ser un poco más difícil de lo que me esperaba. Así que me volví a casa con las manos vacías, pensé, bueno da igual porque lo único que me importaba en ese momento era comer, llegue a  casa y me preparé unos  macarrones para chuparse los dedos. Después de comer me fui a echar la siesta a mi habitación. Mientras dormía tuve un sueño y es que me hacía pasar por uno de ellos y así conseguía entrar y conseguir los ataúdes de ese señor. Cuando me desperté no me apeteció hacer nada, con que me quede en casa. Como vivía solo me puse a ver la televisión estaban echando una serie, cuando de pronto, vi en grande ultimas noticias, no le di mucha importancia hasta que salió el sitio que había estado justo esa mañana, era el mismo cartel que vi, la policía los había detenido por poseer sustancias ilegales. Al ver esto tan sorprendente salí de casa pitando y esta vez solo tarde 30 minutos, cuando llegue al lugar de la escena, hablé con el jefe de policía y le comente lo que me había dicho el señor. El policía entró y cogió los ataúdes, me los lleve a mí casa para poderlos investigar. Cuando me puse cómodo los abrí y vi restos de polvos blancos. Entonces me dije ya se para que los querían, iban a meter aquí las sustancias para que no les pillaran. Ya pensando que el  señor estaría durmiendo no le llamé. Al día siguiente lo primero que hice fue hablar con él, quedamos esa tarde en la esquina de la calle de enfrente para poder dárselos. Estaba impaciente por saber quién era. Ya llego la hora así que salí de casa, el hombre ya me estaba esperando en el banco. Era un hombre con arrugas, ojos rasgados, alto, muy flaco. Casi me asusto al verle. Cuando nos conocimos el no me dijo el nombre y le di los  ataúdes, nuestro encuentro duro muy poco y nos fuimos cada uno por un lado, pero no me pude resistir en seguirle para ver donde vivía, iba a paso liguero y con un andar un poco extraño se iba tambaleando y cojeando a la vez.  El hombre me llevó a las afueras, a una casa destrozada y vieja, el señor entro y yo detrás escondido, se acerco a una puerta y dio tres golpes, la puerta se abrió sola y bajó unas escaleras, yo asustado no quise saber nada más sobre ese tema. Pero 5 años más tarde  me picó la curiosidad sobre que abría allí abajo, a si que fui a ver al hombre, ya era viejo y le pregunte por la casa destrozada, los golpes en la puerta. ¿A que no sabéis la respuesta? .La casa estaba destrozada por unos vándalos, los tres golpes en la puerta eran para avisar a su hija. Me quede sonriendo, y le hice otra pregunta, esta era la que más me intrigaba ¿para qué son esos ataúdes?, y me dijo una cosa que se me quedo grabada en la mente, a mi hija le gusta dormir en ataúdes como a ti en una cama.


SÉ MI JINETE

David Marín

Recuperé el conocimiento y respiré tan fuerte como si nunca hubiera entrado oxígeno a mis pulmones. Abrí los ojos y pensé que veía borroso, pero no, el cielo era gris, caían cenizas del cielo. Noté como la piel me ardía y como mi ropa estaba pegada a ella. Intenté incorporarme, pero hubiera estado mejor tumbado, la aldea estaba ardiendo, sólo quedaban algunas vigas de madera en pie. La gente corría desconsolada buscando a alguien que le pudiera ayudar o por lo menos consolar. No sabía nadie como había comenzado el fuego que había arrasado con todo. En ese momento vi como una mancha negra cortaba el cielo. Intenté seguirla con la vista pero era demasiado rápida. La sombra volvió a pasar cerca de la aldea, volvía a intentar seguirla pero era demasiado rápida. Justo cuando la perdí de verla un hombre se subió a la torre de alarma y tocó la campana. El hombre casi dejándose la garganta gritó; ¡dragón!
Como se basara de un instinto eché a correr hasta que esa sombra me paró poniéndose enfrente de mí. Era un gigantesco dragón negro con los ojos rojos incandescentes como el fuego que echaba por su boca. Paralizado unos segundos por admirarlo, el dragón intentó cogerme pero reaccioné a tiempo y salí corriendo pero tropecé con un tronco. El dragón volvió a abalanzarse sobre mí, y me atrapó con sus garras. Entonces abrió su boca, cientos de dientes brillaban con la luz del fuego que había provocado. Acto seguido intenté escaparme pero no podía, aquella bestia había destruido la aldea, y ahora me tocaba a mí. El dragón estiró su cuello y ¡ah!
Me levanté de la cama de un salto y miré por la ventana, por suerte, había sido un sueño. La aldea estaba intacta, igual que el paisaje, como todos los días. Me puse la ropa, desayuné y miré la lista, hoy me tocaba cuidar de las gallinas. Ya por la noche, me puse mi nuevo pijama, y pensé en el sueño que había tenido la noche anterior. Pensando en él, me quedé dormido.
Me desperté tumbado en el suelo, con la ropa quemada, y la aldea incendiada. No sé por qué pero esto ya me sonaba. Como si ya hubiera estado allí, salí corriendo, pero un dragón me bloqueó el paso. Eché a correr y salté el tronco con el que recordaba haberme tropezado, escapando del dragón. Como si de un milagro se tratara, había una lanza en el suelo y la cogí con el deseo de luchar contra el dragón. Cuando me giré, el dragón ya me estaba esperando, y con sus largas garras, me arañó toda la espalda. El dragón se dispuso a comerme y entonces, ¡ah!
Era otra vez ese dichoso sueño. Me vestí, desayuné, y esta vez me tocaba cuidar de los cerdos. Durante el día y por la noche estuve pensando por qué se repetía el sueño. Me puse en mi cama y de tanto pensar en él me quedé dormido.
Me desperté en el suelo, con la ropa quemada. Eché a correr y esperé a que el dragón apareciera, salí corriendo, salté el tronco y cogí la lanza. Justo al cogerla, me moví hacia la derecha, esquivando el zarpazo. Con el impulso que me había dado al esquivarlo, agarré fuertemente la lanza y se la clavé al dragón en el cuello, había caído. Con la adrenalina tan fuerte que tenía, fui corriendo a buscar algún superviviente. Encontré a una señora anciana que estaba tumbada en el suelo. Le pregunté cuándo y dónde había aparecido el fuego y el dragón. La señora como con cara de alegría me dijo con voz suave: cuatro, dos, uno, siete.  No entendía por qué me decía eso, pero antes de que un palo me golpeara la cabeza me dijo, Vámerin.
Me desperté, me puse ropa limpia, desayuné, y miré la lista, hoy era mi día libre. Caminando por la calle, me vino el recuerdo de un nombre y unos números, Vámerin y cuatro, dos, uno, siete. Pensando en aquel nombre, me acordé de la persona mayor que cuidaba la pequeña biblioteca, y justamente se llamaba Vámerin. Fui corriendo a la biblioteca, pero no estaba. Pregunté por ella y me dijeron que estaba en su casa. Entré en su casa y le pregunté como estaba, me agradeció que le preguntara. Vámerin me preguntó por qué había ido a su casa y le conté lo que había soñado. Por último le dije lo de la señora mayor que me dijo su nombre y esos números. Yo pensé que se iba a reír de mí, pero no fue así, entonces se levantó de la cama y abrió una caja. Sacó unas llaves y me dijo que con ellas abriera la biblioteca y que en la sección cuatro, dos, uno, siete, abriera la cerradura y que le trajera lo que estaba dentro. Salí de su casa, abrí la biblioteca, cogí una caja de madera que estaba dentro de la sección cuatro, dos, uno, siete, y le di la caja. La bibliotecaria me estaba esperando con una taza de chocolate y unos dulces. Le di la caja y con la llave más pequeña que podría haber imaginado, abrió el pequeño baúl, pero por una cerradura secreta en la base. Quitó la tapa y sacó un pequeño libro. Yo impresionado por lo que había sacado y por dónde lo había sacado, le pregunté por ello. Vámerin me contó,  que hace dos años, habían traído ese baúl con el libro oculto, el muchacho que se lo dio, le dijo que era muy especial y que no se lo diese hasta que no llegara la persona apropiada. Vámerin me lo dio e impactado le pregunté por qué. Ella me dijo que el libro contaba una pequeña historia de un muchacho llamado Ferson. Éste había encontrado un dragón, y logró su confianza curándole y al final siendo su jinete. La bibliotecaria me contó que hace unas pocas semanas un niño había nacido con el nombre de Ferson, y que una especie de sombra azul  se divisó volando por el cielo. Yo anonadado con lo que dijo le pregunté cómo era posible, porque los dragones habían sido extinguidos hace décadas por la mano del rey. Vámerin me dijo que yo era uno de los elegidos para ser un jinete. Me explicó que estos veían un posible futuro en sus sueños si no lo evitaban y que cada noche tenían el mismo sueño para evitarlo en el futuro. Vámerin terminó de explicarme y contarme todo. Anocheció y tenía que ir a casa. Cuando termine me tumbé en la cama y me desperté con la ropa quemada a mi piel.
Me levanté antes de ponerme a correr, recordé todo lo que tenía que hacer, y lo hice. Cuando maté al dragón me acerqué a la anciana y en ese momento la reconocí, era Vámerin. Ella estaba a punto de decirme los números y su nombre, pero me adelanté y se los dije yo. Asombrada me dio la enhorabuena. No entendía por qué me lo dijo, pero le hice caso omiso, le pregunté dónde había aparecido el dragón, pero no me esperé su respuesta. Me dijo que cogiera lo que estaba dentro de la sección tres, cinco, uno de la biblioteca y que con ella esperara los días suficientes hasta que una rosa de los vientos empezara a girar levemente. Entonces debería adentrarme en el bosque y con el objeto que estaba dentro de esa sección, debería atraer al dragón y tendría que hacer lo que yo en ese momento más me convenía. En ese momento, un palo me golpeó la cabeza.
Me desperté, apenas desayuné y con la ropa del día anterior salí de casa. Mientras caminaba por la calle vi cómo una rosa de los vientos giraba suavemente. En ese momento eché a correr hacia la casa de Vámerin, cogí las llaves de la biblioteca y fui hasta ella. La abrí y en la sección tres, cinco, uno había un baúl. Lo abrí y en su interior había un jarrón y una lanza. En el fondo del jarrón, encontré una nota y la leí. En ella ponía que el niño llamado Ferson ahora tenía dieciséis años, y que en su aldea una rosa de los vientos comenzó a girar. Cogí la lanza y miré la otra cara de la nota, en ella ponía enhorabuena. Entonces entendí todo. Fui al bosque, y percibí una sombra volando por el cielo. Llamé su atención y bajó hacia mí. Me puse a correr asegurándome que me perseguía, salté un tronco, y cuando estaba a punto de darme un zarpazo el dragón por la espalda, lo esquivé. Sabía lo que hice en el sueño, pero él esta vez no había hecho nada por lo que le pudiera arrebatarle su vida, así que paré el impulso que tenía al girarme y la lanza se quedó rozando su cuello. El dragón sin moverse sintiendo la punta de la lanza en su cuello, me miró con sus ojos rojos de reojo y adiviné lo que me quería decir: sé mi jinete.

1ª Categoría:

Plumes noires pour l'amour (Ainoha Subías)

No falla. El mismo gato de siempre cruzando la acera para tumbarse en mi porche justo al lado de la mecedora que nos regaló mi abuela. Lo veo desde la ventana de mi habitación, la del armario de madera pintado en ese azul tan claro que tú llamas “azul armonía”, el mismo del que acabas robándome la camisa de rayas que tanto te gusta, que tanto me gusta con tus calcetines a medio subir, uno más alto que otro. Estoy en la habitación de arriba y está sonando la cinta que siempre pones antes de abalanzarte sobre mí como si fueras tan inocente, dejando una sonrisa traviesa, como si no supieras que esa lujuria que quema en tus ojos no nos fuese a convertir en un pecado mortal, porque dios mío, que pille confesado a todo aquel que sea capaz de resistirse a esos ojos miel que miran tan profundo y hablan solos. Me matas en vida, con las venas por debajo de la lencería, que de nuevo dejan verte tan cándida y ellas solas te insinúan que las sigas y las busques, como mirar un mapa que no se dirige a ningún lugar. Incluso me gustas cuando coges el may entre los dedos y echando el humo la mirada se te pierde en la pared, como si estuvieras viendo a través, en otro mundo.
¿Qué haces aquí? Pensaba que salías más tarde del curro, como siempre…
El silencio me ensordece el tímpano, precisamente porque es más molesto que cualquier zumbido. Sigues sin hablarme y no entiendo porque, pero no voy a cansarme de insistir. Llegas, me acaricias el cuello y te sientas enfrente de la cama, sin abrir la boca. ¿Hoy no quieres hablar?  Al menos me consuela el mirarte y ver como sonríes en cada esquina en la que estás, mudita pero radiante como nunca. He cerrado la mirada un segundo y a falta de pestañear te he visto durmiendo a mi lado. Debes de estar rendida, claro… Que dulce cuando duermes joder, mírate. Todos darían las siete vidas de ese gato tan pesado por tan solo rozar tan bonita cara, ahí está el animal merodeando la casa de doña Cisca, que la pobre apenas sale desde que se le marchó el Antón…pero no la juzgo, idolatro su ironía con la vida, que por muy infame que lustre su cara la he visto reírse a través del visillo cuando coge los álbumes y se los apoya en el regazo,  bastante fuerte es la mujer como para exigirle más. Fuerte, fuerte cómo eres tú, pero más orgullosa que nada… hay que ver, cuando te da por enfurruñarte como te pones, no hay dios que te haga entrar en razón. Bueno, sí… las amapolas. Siempre tendré ese súbdito recuerdo…la tarde de abril, posterior a tu cumpleaños, nos la pegamos entera haciéndonos fotos con la nueva polaroid 635 que te regaló tu hermano. Me pediste que guardara la cámara y yo la deje sobre la mesa, junto a las cervezas abiertas, recuerdo tus constantes y perseverantes avisos, sabías de una manera u otra lo torpe que era y pasó…acabé derramando el quinto en la mesa con el aparatito encima. Que mal me sentí, verte llorando con la ilusión que te hacía… Rompiste el llanto con tal pena que hasta al mismo Lucifer le habrías roto el corazón en dos. Salí por la puerta de casa sin camiseta y con mis converse rojas, sin pensarlo y me eché a correr. Pasé el barrio siguiente al nuestro y un par de manzanas más hasta llegar al camino que terminaba en la acequia de la que te hacía saltar para llegar al límite con el bosque y pasar todas aquellas tardes, de más enanos, cuando teníamos que andar a escondidas arrapados de las malas lenguas que no contaran a tu padre nuestros bonitos encuentros. Al pasar yo la acequia ni siquiera me di cuenta e introduje de lleno los pies, llegue a las zarzas y arranque las amapolas, cuantas pude ya que cuando te llevaba siempre tomabas una o dos, o simplemente te quedabas a contemplarlas y a decirme lo vibrantes y preciosos que eran sus colores a tu parecer. Volví casi tan rápido que no me dio tiempo ni a hiperventilar y al entrar cambió tu gesto, se te descompuso la cara y no aguantaste más, te echaste a reír como una loca, te reías de mí en parte, por mis pintas. Cuando quise darme cuenta de la situación estaba en la entrada chorreando, con el torso empapado por la lluvia, con los pantalones arañados por las zarzas y las zapatillas embarradas hasta casi mis rodillas. Empecé a reírme contigo y me abrazaste tan fuerte… sentí que había merecido la pena, mucho más de lo que creí. Tengo las fotos aquí delante, en el corcho y estoy viendo lo guapa que ibas, especialmente ese día. Aunque hay algo raro en la foto, casi como si hubiera cambiado la manera en la que se te ve… pareces angustiada y apunto de decirme algo, pero no entiendo muy bien que es… Mientras tanto aquí estoy, tirado en la cama, escuchando el vinilo de los Rolling sin pensar en mucha cosa… me arde la frente y tengo sudores fríos, y para colmo, los minutos se hacen eternos, largos como tus piernas doradas. Me quema hasta la sangre cuando me acuerdo de ellas, casi me siento como si tuviera el mono que hace enfermar a los chavales de los suburbios de Escocia.
¡¿Pero qué?! ¿El último piti? Estos nuevos cigarrillos son un timo, vaya con el sistema que también nos acorta los vicios que les da de comer… O igual soy yo, sigo pensando que solo soy un tipo raro enganchado a los mismos vicios que muchos otros y tú no dejas de llamarme especial. A día de hoy, todavía no revelo que es lo que llama tu atención en mí, si soy más miedos e inseguridades que persona. Pero bueno, dejando los lamentos a un lado voy a tener que bajar de todas formas a por más... y a por los dichosos antidepresivos que según el loco de mi loquero me hace tomar para un trastorno bipolar post-traumático que se ha inventado para sacarle las perras a mi madre, menudo… ese sí que se lo monta bien ¿Eh?
Los mismos Levis rotos y mis Martens, si no fuera por el espejo que hay en la entrada, el que usas para repeinar esos mechones que se caen de tú coleta y que me dejan admirar los hoyuelitos de venus que te asoman bajo el jersey al levantar los brazos… Si no fuera por el espejo no me habría dado cuenta de que hace días deje de ser un “pelao” y bueno, tal vez debería afeitarme porque visto lo visto…¡Cómo me crece este maldito!
Ha salido el día horrible y la cabeza me va a estallar, no hay nadie en las calles. He pillado el coche para ir a la gasolinera a por tabaco y está oscureciendo cada vez más, aunque hoy la noche está notablemente fea, más gris de lo normal. Me siento vacío e inútil conduciendo solo en este “R11” viejo y destrozado. Me voy a pasar al bar a tomar una copa, estoy harto de esperar lo que la vida te depara y luego no es todo más que polvo que se dispersa y decepciona cada paso que das, bueno o malo, para bien o para mal, siempre acaba peor. Menos mal que tú me salvas de toda perdición, de toda tentación y de todos los ineptos que me cruzo. ¡Ponme un buen copazo de J&B! La camarera me ha asentido la cabeza, como si ella también comprendiese que la liga del whiskey es otra, es la que cura toda preocupación. En realidad no sé porque bebo si cada vez que lo hago tengo ilusiones cada vez más horrendas, tengo flases en los que apareces más apegada a mí que nunca, pero siempre acabas marchándote sin decirme nada. Supongo que son los típicos sueños que tiene un borracho que se levanta en su cama a la mañana siguiente sin recordar ni cómo ni cuándo, vomitando el perrito precalentado de la gasolinera de la noche anterior, así semana tras semana cuando siento que me faltas, pero sigo sin entender porque…
Voy a por la quinta copa, dos más de lo normal. Un tío súper raro ha entrado muy altivo, parece un tío importante, con presencia, traje y corbata, no le he visto por aquí en mi vida y nadie parece haberse dado cuenta de que ha sobrepasado la puerta. Aunque podría ser un oso vestido y no lo vería conciso con este ciego que me estoy echando encima… el ciego de los ciegos. A estas alturas de la noche no recuerdo ni donde tengo el coche, no estoy muy consciente pero me da para balancearme de lado a lado de la calle, oscura, me extraña que las lúgubres farolas de este barrio no estén prendidas aún, alumbrando las estrechas calles. Apenas veo nada. Que presión punzante en mi pecho... en el oído me retumba el corazón acelerándose y me cuesta respirar, tanto que me hace caer rendido al suelo, pero no siento nada…
Que frío en mi costado, casi como el hielo. Estoy volviendo en mí, he abierto los párpados de golpe, inspirado muy hondo y sentido el desespero que expande el maldito vacío otra vez. Me siento taquicárdico, de los nervios y la borrachera ha desaparecido. Aquí estoy, recostado encima de la lápida que encierra tu alma, mi reina. Con los ojos empapados en lágrimas de sangre, volviendo al bucle en el que me dejo caer una y otra vez. Han pasado cinco años y yo cada vez más loco, como si estuvieras viva, como si la muerte no te hubiera apartado de entre mis brazos como si nada, ni si quiera tuve tiempo de pedirle que te cuidara. Sigo hablándote, o hablo solo… por todos los rincones. No soy capaz de mantenerme limpio ni un solo día solo por no ver la realidad, la verdad absoluta que está matándome poco a poco en vida, la difícil hipocresía del dios que me ve y me castiga por nada. Soy un imbécil que se crea ilusiones paradójicas para vivir de la mentira, como los infelices. En realidad no soy feliz y sigo valorando si merezca la pena seguir o no seguir aquí, si pedirle al mismísimo Caronte que me arrastre con él hasta los aposentos de su amo Hades y tal vez allí te encuentre… y hasta en eso soy un auténtico cobarde, es lo que llevo siendo toda mi vida, y duele. Las decepciones que nos abaten duelen… ya no sé qué hacer, mi reina… ayúdame. Vendería mi alma al diablo, a cualquiera que la quiera que yo ya no la necesito, que solo quiero tenerte, a lo único que me importo y me dio razones y ni eso me dejan tener, que ya no aprecio la vida, joder.
Aquel hombre del bar… ¿Qué está haciendo aquí? Viene a ofrecerme un trato… en sus ojos color llama lo veo, como asoma la puerta del averno y ahora lo comprendo todo, el momento de entender cuál era mi realidad, tan cruel y tan dura, de ser consciente y de elegir, seguir o frenarlo en seco. Estoy perplejo, atónito… pero tanto es mi desespero que voy a escuchar todo aquello que tiene que decirme, quiero ver que puede darme… si ya no tengo nada que perder. Tan firme y alto como se puso enfrente, su piel enrojeció y tomo un aspecto desagradable y aun así, nada me estremeció más que leer tu nombre en la placa. Me ha contado que podré verte una última vez, que dejará que me despida, que no voy a morir pero acabará con mi sufrimiento, todo a cambio de mi alma, que tan apagada está y tan oscura, llena de negativismo…que la desea con ansia para lucrarse. Me ha dicho que todo tiene un precio, el tomará mi alma y me brindará una cercanía a ti, aunque no me ha detallado muy bien cómo… me ha asegurado que no es la muerte. Tan angustiado por verte una vez más que no lo he pensado, quiero decírtelo todo en un adiós. He mirado dentro de ti y me he visto a mi destrozado, llorando. Ya no tengo fe en nada, pero quiero pensar que no es otro sueño propio de la resaca de siempre. Y bien, me he puesto de rodillas y le he suplicado por ti, te necesito una vez más aunque seas mi último aliento. Sin decir una sola palabra más, éste ser malhechor, tal vez el mismo diablo…ha asentido con la cabeza y ha chasqueado los dedos con un risa demoníaca entre los labios. Se ha acercado a los míos, por cierto y con un beso he sentido cómo vaciaba mi delgado cuerpo, consumido y a su vez tomaba más poder, como el que bebe agua natural que mana de una fuente. Ya casi cuando he sentido que volvía a desplomarme, he parpadeado y te he visto, estoy en un sitio pacífico, tranquilo, lleno de amapolas como a ti te gusta, están tus abuelos y tu madre contigo, estás tan radiante y tan viva, tan llena de luz como siempre, incluso más. Este lugar es muy bonito, pero yo no voy a quedarme, no puedo. Al menos ahora sé que estarás bien, segura. Acércate, vamos… tu voz, como echaba en falta tu voz, tan delicada y suave. Quiero contarte tanto…y tengo tan poco tiempo…Me limito a abrazarte y a besarte, a darte el beso con más sentimiento de la historia, un beso que hable.
Apenas he tenido unos minutos, han sido segundos rozándote y te me estás nublando, se me nubla la vista y desapareces entre unas plumas negras, no entiendo muy bien que está pasando, me estoy olvidando de todo, estoy viendo pasar mi infancia, mi adolescencia, nuestra vida, los mejores momentos y quiero abarcarlos todos, pero se me escapan, se me escapan de entre los dedos, pero me siento en paz, más bien no siento nada, solo tengo claro que aunque tan exánime bajo el cimiento, siempre te recordaré tal y como lustrabas, llena de luz propia, llena de vida.

“¡Dinnn! ¡Donnnnnn!”, Suena el campanario del cementerio haciendo honor a otro cuerpo que abandona este mundo y da penuria a otros muchos que han rodeado su vida, o tal vez se trataba de alguien solitario y el mismo velara por su paz interior. Se oyen lamentos entre las campanas, retumban por todo el recinto y las lápidas están calladas, cuantos secretos guardan y cuanto ven y siempre están calladas, como el cuervo de plumas de un negro intenso, enorme y con los ojos centelleantes fijados en un punto concreto, está posado en la rama del árbol que da sombra y guardará el descanso eterno de su amada para siempre.

   

                               
                                                                                           

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