“Mi
nombre es Nur”
“La
memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y
gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”
(Gabriel García Márquez)
Mi hombre es Nur. Desde hace unos meses
resido en vuestra ciudad. Tengo madre y dos hermanos pequeños, también tengo
padre y un hermano mayor, aunque no sé dónde están o siquiera si todavía están.
Ya sé que esto no os dirá nada o
pensareis y “qué importa”. “No importa”. Una palabra que dicha
así, es igual que “nada”. No significa gran cosa pero, para mí y mi
familia, lo ha sido todo desde hace unos años.
Nací en una ciudad Siria. El nombre “no
importa” porque sencillamente mi ciudad ya no existe, es una ciudad
fantasma, como tantas otras en mi lejano país.
Unos años, sólo cuatro años y en ese
pequeño espacio de tiempo mi vida ha cambiado tanto que, a veces, me parece que
soy otra persona. Por las noches, en mi cama, cierro los ojos y me vienen a la
memoria recuerdos de otros tiempos llenos de inocencia.
Recuerdo aquellos días y los ojos se me
llenan de lágrimas. Días repletos de pequeños actos cotidianos que, entonces,
me parecían repetitivos, aburridos: desayuno en familia, el colegio, el comedor
escolar; por la tarde, ir de compras con mamá, al parque, jugar con mis amigos,
tomar un helado, los deberes y, por la noche, cenar ver un poco la tele y
dormir. Cosas sin importancia.
Pero esta rutina un día se rompió. Un
día todo se rompió.
Recuerdo que algunas semanas antes, mis
padres empezaron a estar nerviosos, cuchicheaban en la cocina, se interrumpían
cuando mis hermanos o yo los sorprendíamos y nos prohibieron ver la televisión.
Cuando preguntábamos, nos contestaban que todo iba bien, que no nos
preocupásemos. Pero en el ambiente se respiraba tensión, en el colegio se
respiraba tensión, en la calle se respiraba tensión.
Empecé a intuir que algo no iba bien
cuando a sus reuniones “secretas”
invitaron a mi hermano mayor. Él estaba muy orgulloso. Era el mayor, acababa de
cumplir 13 años y los mayores lo tenían en cuenta. Y era feliz pero, cuando nos
miraba, a mis hermanos pequeños y a mí, yo veía algo diferente en su mirada. Y
ese algo, por desgracia, se hizo presente a los pocos días o mejor dicho
noches.
En nuestra ciudad, nunca era noche
cerrada. La vida nocturna era tan animada como la diurna. Nuestra casa se
ubicaba al final de una larga calle arbolada y muy comercial que terminaba en
una plaza. La plaza no era muy grande, ni bonita, pero en ella se concentraban
varias líneas de autobús, una gasolinera, diferentes comercios (algunos nunca
cerraban) y una oficina de correos.
A causa del calor dormíamos con las
ventanas abiertas; mi madre cubría nuestras camas con mosquiteras que nos
evitaban las picaduras de los insectos pero no impedían que llegasen a nosotros
las voces de los noctámbulos como: las de los vendedores de sandía, de los
clientes del pequeño café que jugaban incansables a la “Tavla” (especie
de Backgammon turco) mientras chocaban sus vasitos de té negro, de los asiduos
al “Kebab de Ahmed” (que tenía fama
de servir uno de los mejores bocadillos de la ciudad), o el chirriar de las
ruedas de los coches.
Pero aquella noche, los ruidos
procedentes de la calle eran diferentes. Se oían voces, si, pero aquellas voces
no ofrecían la rica sandía sino que llamaban a los vecinos a permanecer en sus
casas, a despejar la calle, se oía el chirriar de las ruedas pero éstas no eran
de simples coches sino de tanquetas militares.
Miré por la ventana abierta y me quede
helada cuando vi, como un hombre armado con un fusil, disparada a otro que se
dirigía a él con los brazos en alto. Sentí las manos frías de mi madre apartándome
de la escena, “silencio, silencio”, me susurraba al oído mientras mojaba
mi mejilla con sus lágrimas.
Cuando por fin me liberó de sus brazos,
corrimos, entre sombras, a la cocina, allí mi padre ayudaba a mi hermano a
meter cuatro cosas en una pequeña mochila. Las manos le temblaban mientras lo
atraía hacia su pecho en un tierno abrazo.
Y mi hermano mayor, mayor de tan sólo 13
años, tuvo que salir de nuestra casa, atravesando terrazas y tejados, para
perderse en la oscuridad de la noche. Han pasado cuatro años desde entonces y
todavía hoy no sabemos nada de él.
Mi hermano Khaled, ese era o es todavía
su nombre, tuvo que huir para no caer en manos de los rebeldes que tomaron aquella
noche nuestra ciudad. Mi padre me dijo, que lo había obligado a marcharse
porque sabía que, aquellos hombres, reclutaban a los muchachos y los obligaban
a servir en sus filas.
Durante días sólo escuchamos gritos,
disparos, más gritos y más disparos, las noches pertenecían a los bombardeos y
el amanecer al caos.
No sé cuántos días permanecimos
acurrucados en un rincón. No hablábamos, apenas comíamos (al principio por
falta de apetito y, después, por falta de alimentos) y casi nunca dormíamos.
Mi madre, era la única que se atrevía a
salir a la calle. Al principio se resistía a alejarse mucho de casa, los
registros eran frecuentes. A toda prisa recorría las pequeñas tiendas que
todavía abrían. Ella que presumía de una abundante melena color azabache, tuvo
que ocultarla bajo un insignificante pañuelo marrón.
Pronto sus salidas se fueron
distanciando en el tiempo, no había comida ni agua potable en la ciudad, ni
medicamentos ni aire para respirar. Solo gritos, disparos, edificios en ruina,
charcos de sangre y muertos, muchos muertos.
Mi padre desapareció varios días y,
cuando empezábamos a temernos lo peor,
volvió a casa con un ligero brillo de esperanza en sus ojos. Había,
según nos contaba, contactado con un hombre que le había prometido que, por una
cantidad de dinero, podía ponernos a todos a salvo. No había tiempo que perder.
Pasamos aquella tarde colocándonos ropa
sobre ropa, metiendo en los bolsillos nuestras escasas pertenencias. Mi madre
no quería marcharse sin el álbum de fotos, contenía los recuerdos de toda una
vida, según decía, y mis hermanos pequeños se resistían a dejar sus peluches
favoritos. Y así, ligeros de equipaje y amparados por la oscuridad de la noche,
salimos del que había sido nuestro hogar sin saber cual sería nuestro destino.
De los meses que siguieron guardo un muy
doloroso recuerdo. Tan doloroso que no quiero extenderme en relatarlo y
revivirlo de nuevo. Llegados a este punto, mi historia, la de mi familia, es
muy similar a la de cientos, miles de refugiados que esperan en suelo turco, o
se agolpan en una isla griega.
Historias sin nombre, que a nadie “importan”,
que solo conmueven, y por un tiempo limitado, cuando los medios de comunicación
se centran en la imagen de un pequeño ahogado en una playa o en la de un padre zancadilleado
con su hijo en brazos. Es triste, pero es así.
Los sirios somos personas, no simples
estadísticas, números sin nombre. Personas que, hasta no hace mucho, teníamos
una vida normal. Mi padre era sastre y tenía una pequeña tienda heredada de su
padre, mi madre era enfermera, mi hermano mayor soñaba con ser médico algún
día, a mis hermanos pequeños les encantaba bañarse en el mar y yo quería tener
un perrito.
Teníamos un rico pasado y planeábamos un
futuro. Un futuro truncado por la guerra civil. ¿Cómo empezó todo? No lo
sabemos muy bien. Fue por el despotismo de nuestros gobernantes, por la falta
de democracia, por las intrigas de líderes religiosos, por la desidia
internacional, o por la sequía que asoló el país de 2006 a 2011 y dicen fue el
detonante de las revueltas sociales. ¿Por
qué?
En junio de 2015, nos encontrábamos
acampados cerca de la frontera austríaca. Llegamos allí tras casi tres años de
ir de un lado para otro, de un campamento a otro, pasando por las manos de una
mafia a otra que, poco a poco, nos fueron dejando sin apenas dinero. De mi
padre hacía tiempo que no teníamos noticias. Se negó a abandonar suelo turco
sin antes encontrar a mi hermano Khaled. La decisión que había tomado aquella
noche le pesaba como una losa.
Si las condiciones en las que habíamos
malvivido hasta ese momento habían sido duras las que padecimos a partir de
entonces no sé cómo calificarlas. Nos manteníamos alerta durante el día y nos
turnábamos por la noche para vigilar nuestras escasas pertenencias, la poca
comida que podíamos conseguir, el agua que se había convertido en un bien
escaso y lo más preciado: nuestras vidas, nuestra integridad física. Pensábamos
que, una vez fuera de Siria, por lo menos, nuestras vidas estarían a salvo,
pero nada más lejos de la realidad.
Como han denunciado las ONGs, se han
producido, en los campamentos, numerosas desapariciones de niños para
dedicarlos a la prostitución y al trabajo esclavo (ABC Internacional de
31.01.2016, artículo de Luis Ventoso “Europol denuncia la desaparición de
10.000 niños refugiados”), así como abusos sexuales (EL MUNDO, de
24.10.2015, artículo de Rosa Meneses, “Acnur denuncia abusos sexuales a
mujeres y niños refugiados”).
A pesar de nuestros desvelos, una tarde,
me convertí en una de esas niñas agredidas. Tras aquello, me acurruqué en un
rincón de la mísera tienda de lona, y me encerré en mi misma. Tras varias
semanas caí gravemente enferma.
Mi madre colaboraba en Siria con la
Media Luna Roja, incluso había participado en misiones sanitarias atendiendo a víctimas
de terremotos y otros desastres naturales en diferentes países. Gracias a sus
actividades y agotando los escasos recursos económicos que nos quedaban, pudo
contactar, finalmente, con algunos amigos que trabajaban en Cruz Roja. Tras
conocer los hechos, los amigos de mi madre se volcaron en nuestra ayuda.
Bendito sea Alá, Dios o Yahvé. O en nuestro caso, benditos sean Luisa, Manuel y
otros muchos, porque gracias a ellos, a su insistencia, pudimos abandonar aquel
miserable lugar.
Hoy, transcurridos unos meses, relato
estos acontecimientos por consejo del psicólogo que me trata. Dice que es bueno
para mi terapia, a pesar del dolor que me produce, aunque creo que jamás podré
olvidar esa época de mi vida.
“Recordar
es fácil para quien tiene memoria, olvidar es difícil
para quien tiene corazón” (Gabriel
García Márquez)
Por fin, fuimos “importantes”
para alguien. Ahora, y gracias a tener una tarjeta roja de asilo, mis hermanos
vuelven a dormir plácidamente aferrados a unos peluches, mi madre trabaja como
enfermera y es voluntaria en todo aquello que requiera voluntariado y el álbum
de fotos preside nuestro salón.
Solo podemos dar gracias al país que nos
ha acogido, a las personas que nos han ayudado y cada día nos ayudan. Entre
todos nos han ofrecido una esperanza y nos han dado confianza para intentar ser
de nuevo una familia. Pero nos faltan dos miembros esenciales y vivimos pensando
en poder, en algún momento, volver a nuestro país de origen, al que tanto añoramos.
Hoy, una vez más se me llenan los ojos
de lágrimas al contemplar, a través de la televisión, las devoluciones de
refugiados. Pensar que hace sólo unos meses podíamos haber estado en su misma
situación me oprime el pecho.
De simples números hemos pasado a ser
simples cromos. Es cierto que, desde un principio, lo hiciésemos mal. Los
sirios sencillamente huíamos, y algunos todavía huyen, de un país inmerso en
una terrible guerra civil sin pensar en más. Acaso otras naciones, a lo largo
de la historia, no han huido en las mismas circunstancias. Lo hacíamos con el único
objetivo de salvar nuestras vidas. No tuvimos la precaución de informarnos bien
para no caer en manos de las mafias, de organizar nuestra salida, de pensar en
pedir visados, asilo. Todo eso es cierto. Pero no es más cierto que, cuando
miras por la ventana de tu casa y lo primero que ves es un asesinato, no
piensas mucho en una salida organizada.
Me pregunto, cómo habrían reaccionado
los países europeos sin en vez de ser, mayoritariamente musulmanes, fuésemos,
mayoritariamente cristianos. Pienso que, en ese caso, todos entonarían “La
Marseillaise” por Siria.
“Hemos aprendido a volar como los
pájaros, a nadar como los peces;
pero no hemos aprendido el sencillo arte
de vivir como hermanos”
(Martin Luther King)
Esta es una historia
ficticia
pero bien podría haber sido
la historia de tu vecina,
tu compañera de pupitre, tu
amiga
si Europa, si todos,
nos hubiéramos comportado de
una forma
menos vergonzosa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario