miércoles, 1 de junio de 2016

Mi nombre es Nur (Inés Arbás Castelló)

Trabajo de la ganadora del XXI Concurso literario 2016 (2ª categoría, Primer premio)


“Mi nombre es Nur”

La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”
(Gabriel García Márquez)
Mi hombre es Nur. Desde hace unos meses resido en vuestra ciudad. Tengo madre y dos hermanos pequeños, también tengo padre y un hermano mayor, aunque no sé dónde están o siquiera si todavía están.
Ya sé que esto no os dirá nada o pensareis y “qué importa”. “No importa”. Una palabra que dicha así, es igual que “nada”. No significa gran cosa pero, para mí y mi familia, lo ha sido todo desde hace unos años.
Nací en una ciudad Siria. El nombre “no importa” porque sencillamente mi ciudad ya no existe, es una ciudad fantasma, como tantas otras en mi lejano país.
Unos años, sólo cuatro años y en ese pequeño espacio de tiempo mi vida ha cambiado tanto que, a veces, me parece que soy otra persona. Por las noches, en mi cama, cierro los ojos y me vienen a la memoria recuerdos de otros tiempos llenos de inocencia.
Recuerdo aquellos días y los ojos se me llenan de lágrimas. Días repletos de pequeños actos cotidianos que, entonces, me parecían repetitivos, aburridos: desayuno en familia, el colegio, el comedor escolar; por la tarde, ir de compras con mamá, al parque, jugar con mis amigos, tomar un helado, los deberes y, por la noche, cenar ver un poco la tele y dormir. Cosas sin importancia.
Pero esta rutina un día se rompió. Un día todo se rompió.
Recuerdo que algunas semanas antes, mis padres empezaron a estar nerviosos, cuchicheaban en la cocina, se interrumpían cuando mis hermanos o yo los sorprendíamos y nos prohibieron ver la televisión. Cuando preguntábamos, nos contestaban que todo iba bien, que no nos preocupásemos. Pero en el ambiente se respiraba tensión, en el colegio se respiraba tensión, en la calle se respiraba tensión.
Empecé a intuir que algo no iba bien cuando a sus reuniones “secretas” invitaron a mi hermano mayor. Él estaba muy orgulloso. Era el mayor, acababa de cumplir 13 años y los mayores lo tenían en cuenta. Y era feliz pero, cuando nos miraba, a mis hermanos pequeños y a mí, yo veía algo diferente en su mirada. Y ese algo, por desgracia, se hizo presente a los pocos días o mejor dicho noches.
En nuestra ciudad, nunca era noche cerrada. La vida nocturna era tan animada como la diurna. Nuestra casa se ubicaba al final de una larga calle arbolada y muy comercial que terminaba en una plaza. La plaza no era muy grande, ni bonita, pero en ella se concentraban varias líneas de autobús, una gasolinera, diferentes comercios (algunos nunca cerraban) y una oficina de correos.
A causa del calor dormíamos con las ventanas abiertas; mi madre cubría nuestras camas con mosquiteras que nos evitaban las picaduras de los insectos pero no impedían que llegasen a nosotros las voces de los noctámbulos como: las de los vendedores de sandía, de los clientes del pequeño café que jugaban incansables a la “Tavla” (especie de Backgammon turco) mientras chocaban sus vasitos de té negro, de los asiduos al “Kebab de Ahmed” (que tenía fama de servir uno de los mejores bocadillos de la ciudad), o el chirriar de las ruedas de los coches.
Pero aquella noche, los ruidos procedentes de la calle eran diferentes. Se oían voces, si, pero aquellas voces no ofrecían la rica sandía sino que llamaban a los vecinos a permanecer en sus casas, a despejar la calle, se oía el chirriar de las ruedas pero éstas no eran de simples coches sino de tanquetas militares.
Miré por la ventana abierta y me quede helada cuando vi, como un hombre armado con un fusil, disparada a otro que se dirigía a él con los brazos en alto. Sentí las manos frías de mi madre apartándome de la escena, “silencio, silencio”, me susurraba al oído mientras mojaba mi mejilla con sus lágrimas.
Cuando por fin me liberó de sus brazos, corrimos, entre sombras, a la cocina, allí mi padre ayudaba a mi hermano a meter cuatro cosas en una pequeña mochila. Las manos le temblaban mientras lo atraía hacia su pecho en un tierno abrazo.
Y mi hermano mayor, mayor de tan sólo 13 años, tuvo que salir de nuestra casa, atravesando terrazas y tejados, para perderse en la oscuridad de la noche. Han pasado cuatro años desde entonces y todavía hoy no sabemos nada de él.
Mi hermano Khaled, ese era o es todavía su nombre, tuvo que huir para no caer en manos de los rebeldes que tomaron aquella noche nuestra ciudad. Mi padre me dijo, que lo había obligado a marcharse porque sabía que, aquellos hombres, reclutaban a los muchachos y los obligaban a servir en sus filas.
Durante días sólo escuchamos gritos, disparos, más gritos y más disparos, las noches pertenecían a los bombardeos y el amanecer al caos.
No sé cuántos días permanecimos acurrucados en un rincón. No hablábamos, apenas comíamos (al principio por falta de apetito y, después, por falta de alimentos) y casi nunca dormíamos.
Mi madre, era la única que se atrevía a salir a la calle. Al principio se resistía a alejarse mucho de casa, los registros eran frecuentes. A toda prisa recorría las pequeñas tiendas que todavía abrían. Ella que presumía de una abundante melena color azabache, tuvo que ocultarla bajo un insignificante pañuelo marrón.
Pronto sus salidas se fueron distanciando en el tiempo, no había comida ni agua potable en la ciudad, ni medicamentos ni aire para respirar. Solo gritos, disparos, edificios en ruina, charcos de sangre y muertos, muchos muertos.
Mi padre desapareció varios días y, cuando empezábamos a temernos lo peor,  volvió a casa con un ligero brillo de esperanza en sus ojos. Había, según nos contaba, contactado con un hombre que le había prometido que, por una cantidad de dinero, podía ponernos a todos a salvo. No había tiempo que perder.
Pasamos aquella tarde colocándonos ropa sobre ropa, metiendo en los bolsillos nuestras escasas pertenencias. Mi madre no quería marcharse sin el álbum de fotos, contenía los recuerdos de toda una vida, según decía, y mis hermanos pequeños se resistían a dejar sus peluches favoritos. Y así, ligeros de equipaje y amparados por la oscuridad de la noche, salimos del que había sido nuestro hogar sin saber cual sería nuestro destino.
De los meses que siguieron guardo un muy doloroso recuerdo. Tan doloroso que no quiero extenderme en relatarlo y revivirlo de nuevo. Llegados a este punto, mi historia, la de mi familia, es muy similar a la de cientos, miles de refugiados que esperan en suelo turco, o se agolpan en una isla griega.
Historias sin nombre, que a nadie “importan”, que solo conmueven, y por un tiempo limitado, cuando los medios de comunicación se centran en la imagen de un pequeño ahogado en una playa o en la de un padre zancadilleado con su hijo en brazos. Es triste, pero es así.
Los sirios somos personas, no simples estadísticas, números sin nombre. Personas que, hasta no hace mucho, teníamos una vida normal. Mi padre era sastre y tenía una pequeña tienda heredada de su padre, mi madre era enfermera, mi hermano mayor soñaba con ser médico algún día, a mis hermanos pequeños les encantaba bañarse en el mar y yo quería tener un perrito.
Teníamos un rico pasado y planeábamos un futuro. Un futuro truncado por la guerra civil. ¿Cómo empezó todo? No lo sabemos muy bien. Fue por el despotismo de nuestros gobernantes, por la falta de democracia, por las intrigas de líderes religiosos, por la desidia internacional, o por la sequía que asoló el país de 2006 a 2011 y dicen fue el detonante de las revueltas sociales. ¿Por qué?
En junio de 2015, nos encontrábamos acampados cerca de la frontera austríaca. Llegamos allí tras casi tres años de ir de un lado para otro, de un campamento a otro, pasando por las manos de una mafia a otra que, poco a poco, nos fueron dejando sin apenas dinero. De mi padre hacía tiempo que no teníamos noticias. Se negó a abandonar suelo turco sin antes encontrar a mi hermano Khaled. La decisión que había tomado aquella noche le pesaba como una losa.
Si las condiciones en las que habíamos malvivido hasta ese momento habían sido duras las que padecimos a partir de entonces no sé cómo calificarlas. Nos manteníamos alerta durante el día y nos turnábamos por la noche para vigilar nuestras escasas pertenencias, la poca comida que podíamos conseguir, el agua que se había convertido en un bien escaso y lo más preciado: nuestras vidas, nuestra integridad física. Pensábamos que, una vez fuera de Siria, por lo menos, nuestras vidas estarían a salvo, pero nada más lejos de la realidad.
Como han denunciado las ONGs, se han producido, en los campamentos, numerosas desapariciones de niños para dedicarlos a la prostitución y al trabajo esclavo (ABC Internacional de 31.01.2016, artículo de Luis Ventoso “Europol denuncia la desaparición de 10.000 niños refugiados”), así como abusos sexuales (EL MUNDO, de 24.10.2015, artículo de Rosa Meneses, “Acnur denuncia abusos sexuales a mujeres y niños refugiados”).
A pesar de nuestros desvelos, una tarde, me convertí en una de esas niñas agredidas. Tras aquello, me acurruqué en un rincón de la mísera tienda de lona, y me encerré en mi misma. Tras varias semanas caí gravemente enferma.
Mi madre colaboraba en Siria con la Media Luna Roja, incluso había participado en misiones sanitarias atendiendo a víctimas de terremotos y otros desastres naturales en diferentes países. Gracias a sus actividades y agotando los escasos recursos económicos que nos quedaban, pudo contactar, finalmente, con algunos amigos que trabajaban en Cruz Roja. Tras conocer los hechos, los amigos de mi madre se volcaron en nuestra ayuda. Bendito sea Alá, Dios o Yahvé. O en nuestro caso, benditos sean Luisa, Manuel y otros muchos, porque gracias a ellos, a su insistencia, pudimos abandonar aquel miserable lugar.
Hoy, transcurridos unos meses, relato estos acontecimientos por consejo del psicólogo que me trata. Dice que es bueno para mi terapia, a pesar del dolor que me produce, aunque creo que jamás podré olvidar esa época de mi vida.
Recordar es fácil para quien tiene memoria, olvidar es difícil
para quien tiene corazón” (Gabriel García Márquez)
Por fin, fuimos “importantes” para alguien. Ahora, y gracias a tener una tarjeta roja de asilo, mis hermanos vuelven a dormir plácidamente aferrados a unos peluches, mi madre trabaja como enfermera y es voluntaria en todo aquello que requiera voluntariado y el álbum de fotos preside nuestro salón.
Solo podemos dar gracias al país que nos ha acogido, a las personas que nos han ayudado y cada día nos ayudan. Entre todos nos han ofrecido una esperanza y nos han dado confianza para intentar ser de nuevo una familia. Pero nos faltan dos miembros esenciales y vivimos pensando en poder, en algún momento, volver a nuestro país de origen, al que tanto añoramos.
Hoy, una vez más se me llenan los ojos de lágrimas al contemplar, a través de la televisión, las devoluciones de refugiados. Pensar que hace sólo unos meses podíamos haber estado en su misma situación me oprime el pecho.
De simples números hemos pasado a ser simples cromos. Es cierto que, desde un principio, lo hiciésemos mal. Los sirios sencillamente huíamos, y algunos todavía huyen, de un país inmerso en una terrible guerra civil sin pensar en más. Acaso otras naciones, a lo largo de la historia, no han huido en las mismas circunstancias. Lo hacíamos con el único objetivo de salvar nuestras vidas. No tuvimos la precaución de informarnos bien para no caer en manos de las mafias, de organizar nuestra salida, de pensar en pedir visados, asilo. Todo eso es cierto. Pero no es más cierto que, cuando miras por la ventana de tu casa y lo primero que ves es un asesinato, no piensas mucho en una salida organizada.
Me pregunto, cómo habrían reaccionado los países europeos sin en vez de ser, mayoritariamente musulmanes, fuésemos, mayoritariamente cristianos. Pienso que, en ese caso, todos entonarían “La Marseillaise” por Siria.
Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces;
pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos”
(Martin Luther King)

Esta es una historia ficticia
pero bien podría haber sido la historia de tu vecina,
tu compañera de pupitre, tu amiga
si Europa, si todos,
nos hubiéramos comportado de una forma

menos vergonzosa.

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